Testimonio de agradecimiento por la intercesión del
Papa Juan Pablo II
Aproximadamente al sexto mes de embarazo, luego de rezar para que el nombre de nuestro hijo fuera el que Dios quería, elegimos “Juan Pablo” porque sonaba agradable. Más adelante supimos que era el que Dios le tenía predestinado por algo mucho más profundo y misterioso.
A las 32 semanas de gestación, se desencadenó prematuramente el trabajo de parto (normalmente sucede a las 40 semanas). Ante esta situación tan riesgosa, rogamos a nuestros familiares y amigos que nos ayudaran con sus oraciones. Entre ellos, un sacerdote pidió la intercesión de Juan Pablo II.
Los médicos intentaron sin éxito inhibir las contracciones. Le administraron corticoides para que sus pulmones maduraran rápidamente. Se necesitaban 2 dosis y 48 horas para que hicieran efecto pero a las pocas horas de la primera inyección, el cuello del útero dilató de 1 a 10 cm en menos de 10 minutos.
No llegamos a la sala de parto y Juan Pablo nació en la cama de la habitación del hospital, ayudado por la ginecóloga, enfermeros y su padre. Tenía dos vueltas de cordón en el cuello, tan ajustadas que les fue dificultoso cortarlo.
Los enfermeros salieron corriendo de la habitación hacia neonatología con Juanpi morado y cabeza abajo.
No necesitó respirador artificial ni los cuidados intensivos previstos para un bebé tan pequeño. En tal caso debíamos viajar a Roca o a Bahía Blanca porque no había respiradores disponibles en la comarca.
Estuvo internado solamente 17 días ya que tenía ictericia, debíamos alimentarlo por una sonda gástrica y aún no regulaba su temperatura corporal.
Su pediatra del hospital estaba convencido de que “habíamos sacado mal la cuenta” y que tenía 35 semanas al momento de su nacimiento por varios factores que nombró como la tonicidad muscular, el reflejo de succión, etc. Opuestamente, su edad gestacional estaba corroborada por las ecografías y el embarazo había sido programado.
Por otra parte, por una mala praxis médica al momento de su nacimiento, el dedo anular de una de sus manitos quedó sin circulación sanguínea y casi tiene que ser amputado. Gracias a Dios, se resolvió “solo” quedándole apenas una cicatriz diminuta que nos recuerda la ayuda recibida.
Juan Pablo sigue sorprendiendo a los médicos con su desarrollo ya que, contrariamente a lo esperado, tiene el tamaño, habilidades e inteligencia de un bebé nacido a término de su misma edad y una salud muy fuerte.
Que el nacimiento de Juan Pablo y su vida sean para gloria de Dios y de nuestro querido Papa Juan Pablo II!